2 de abril de 2020

REVISTA SMX Nº 56

OS DEJAMOS OTRO NÚMERO DE LA REVISTA SMX, EXACTAMENTE LA NÚMERO 56, CORRESPONDIENTE AL MES DE ABRIL DE 2020. 

LA QUINCENAL Nº 619 - MARZO 2020

YA ESTÁ DISPONIBLE LA QUINCENAL NÚMERO 619, CORRESPONDIENTE AL MES DE MARZO DE 2020, NÚMERO QUE SÓLO SE ENVÍA EN FORMATO DIGITAL.


EN EL SIGUIENTE ENLACE LA PUEDES VER.





1 de abril de 2020

"ILUMINA Y GUÍA" REVISTA DE CÁDIZ Nº 7

SALE A LA LUZ EN NÚMERO DE 7 DE LA REVISTA "ILUMINA Y GUÍA" DE LA ASOCIACIÓN DE ANTIGUOS ALUMNOS DE DON BOSCO DE CÁDIZ, CORRESPONDIENTE A MARZO DEL 2020.

31 de marzo de 2020

¿SABÍAS QUE...? - Número 12






…Don Bosco tuvo que pasar algunas epidemias durante su vida, incluso con los chicos del Oratorio de Valdocco, donde ninguno se contagió del cólera, tal y como les predijo?

DON BOSCO Y LAS EPIDEMIAS (II)

Continuamos con el episodio vivido por Don Bosco de la epidemia de cólera de 1854 en Turín, tan actual en estos momentos de pandemia internacional. Recordemos que el santo exhortó y motivó a los chicos del Oratorio, los envió a que ayudaran a los enfermos garantizándoles que ninguno de ellos iba a enfermar, y así fue. Por el contrario, miles de personas enfermaron del cólera, pero los hijos de Don Bosco quedaron todos sanos. Para ello, puso unas condiciones: “La causa de todo es, sin duda, el pecado. Si todos vosotros os ponéis en gracia de Dios y no cometéis ningún pecado mortal, yo os aseguro que ninguno será atacado por el cólera, pero si alguno se obstina en seguir siendo enemigo de Dios o, lo que es peor, lo ofendiera gravemente, a partir de ese momento yo no podría garantizar lo mismo para él ni para ningún otro de la casa”.
Se trataba, fundamentalmente, de “ponerse en la gracia de Dios”, y extrapolándolo a estos momentos difíciles de nuestra realidad actual con el coronavirus lo vemos como un estado de gracia que, si bien no puede impedir enfermar si nos exponemos a la enfermedad, sin embargo, sí nos ayudará a santificar lo que nos pueda pasar, pues ponerse en gracia de Dios en estos tiempos de pandemia internacional es una tabla de salvación, y a ello nos aferramos.
Continuando con lo que nos dicen las Memorias Biográficas sobre la epidemia del cólera de 1854, relatamos algunos testimonios y experiencias de los chicos del Oratorio que actuaban como sanitarios del momento, verdaderos apóstoles convencidos de la gracia de Dios. Así, recordamos que Don Bosco había sido nombrado Director espiritual de un lazareto en la parroquia de Borgo Dora. Junto con Don Víctor Alasonatti estaban siempre dispuestos para acudir a donde quiera se los llamase. Se alternaban, para que uno de ellos estuviera siempre en casa, pero a veces salían los dos. No se preocupaban de la comida, del sueño y del descanso. Don Bosco se arrojaba al peligro sin tomar precauciones contra el contagio. La primera vez que fue al lazareto se lavó con agua de cloruro, como todos los demás que entraban en aquel lugar; pero después no quiso sujetarse a aquella precaución para no perder tiempo. Velaba día y noche. Durante mucho tiempo no descansó más que una o dos horas en un sofá o en un sillón. Ni hablar de dormir en la cama.
Iba y venía de aquí para allí continuamente con los mayorcitos a donde sabía que había apestados, llevando medicinas, limosnas y ropa.
Entraba en todas las casas en que había enfermos, pero no podía detenerse mucho tiempo, porque eran muchos los que necesitaban su ministerio sacerdotal. Si veía que no había nadie para la asistencia material, dejaba allí o mandaba después a uno de sus muchachos, los cuales pasaban noches enteras junto al lecho de los enfermos. Con su amable serenidad los animaba, alabando su buena voluntad, y jamás soltó palabras que acusaran la menor impaciencia.

La caridad de los jóvenes enfermeros emuló la de don Bosco. Pero no pensemos ni por un momento que no tuvieran que hacer desde el principio un supremo esfuerzo, para superar el miedo a vencerse a sí mismos. Uno de los 14 primeros, que dieron su nombre y se acercaron intrépidamente al lecho de los apestados, bastaría para darnos idea del esfuerzo que hicieron menester para entregarse a aquella obra y aguantar hasta el fin. Porque es el caso que la primera vez que él puso lo pies en el lazareto, al ver el aspecto de las víctimas de la terrible enfermedad, al contemplar sus facciones lívidas y cadavéricas, los ojos hundidos y casi apagados, y, sobre todo, al verles expirar de tan espantoso modo, le entró tal miedo, que se quedó tan pálido como ellos, se le nubló la vista, le faltaron las fuerzas y se desmayó.
Por fortuna estaba con él Don Bosco, quien, al darse cuenta, no dejó que cayera al suelo, lo sacó al aire libre y le animó con una bebida estimulante; de otro modo, puede que hubieran tomado al pobrecillo por un contagiado más y le hubieran metido con ellos.
Realmente, había que tener valor para moverse con entereza por aquellos lugares de dolor y muerte. Porque, además de los desgarradores sufrimientos a que estaban sometidos tantos pobres enfermos, se contraía el corazón de lástima al ver que, apenas expiraban, eran transportados al depósito próximo y casi inmediatamente llevados al cementerio para enterrarlos. A veces parecían vivos todavía y eran colocados con los muertos.
En el lazareto donde prestaban sus servicios los muchachos del Oratorio, sucedió este episodio. Se había llevado hacía poco a la sala mortuoria un cadáver, mientras don Bosco conversaba con el médico. Entró el vigilante en la enfermería y dijo al médico:
-Doctor, aquél se mueve todavía, ¿lo traemos aquí?
-Déjalo allí, respondió burlonamente el médico; pero cuida de que no se escape.
Y dirigiéndose a Don Bosco, continuó:
-Hay que ser inhumanos con las palabras, para no tener que serlo con los hechos. ¡Ay de nosotros si entra el desaliento en nuestros ayudantes! ¿Qué iba a ser de los enfermos?
Efectivamente, era tal el miedo de los sirvientes, que casi había que emborracharlos a la hora de trasladar enfermos o muertos. Es de imaginar la sangre fría, o mejor, la energía que se necesitaba, para asistir sin temblor a semejantes escenas.
Además, durante los primeros días, no sólo había que vencer el miedo a la enfermedad y a la muerte, sino también a las amenazas de ciertas personas. Porque es de destacar que los lazaretos[1], aun cuando muy acertadamente se establecían en los arrabales, sin embargo, eran mal vistos y hasta aborrecidos por los enfermos y por los vecinos. Los enfermos tenían el prejuicio de que allí se morían antes y hasta se les hacía morir, con la agüita (acquetta) los vecinos temían y no sin razón, que los lazaretos corrompían fácilmente el ambiente y ponían en peligro su vida. Por lo mismo, al no haber podido impedir que se establecieran allí, algunos se propusieron hacerlos cerrar o inutilizarlos por los medios más viles e ilegítimos. En el barrio de San Donato, y en algún otro sitio, una turba de golfillos del vecindario se propuso atemorizar a cuantos se presentaban para atender a los enfermos allí recogidos, creyendo que así no llevarían más, al no tener quién los atendiera y curara. Con tal fin, empezaron aquellos malvados por amenazar, siguieron pegando y apedreando, con lo que resultaba que, para ir al lazareto o salir de él, sobre todo de noche, hubo que hacerse escoltar por la policía durante algún tiempo. Precisamente una de las primeras noches, dos de los nuestros, uno el clérigo Miguel Rúa, lo pasaron bastante mal. Salieron del lazareto, y al llegar a una oscura bajada, ya derecho hacia el Oratorio, oyeron un violento bullicio de voces y silbidos, mezclados con gritos de ¡dales, dales! Y no acabó ahí. Porque los locos, agarrando piedras, que abundaban por aquel lugar, les tiraron un montón, pero gracias a la ligereza de sus piernas y a la fortuna de encontrarse con dos guardias del fielato, se libraron de ser alcanzados y malparados. Don Bosco fue apedreado varias veces.
A pesar de tan inhumana acogida, siguieron yendo al lazareto, mientras fue necesario. A continuación, se fue calmando la ira del vecindario y sólo quedó la admiración de toda la ciudad.
En cambio, fue muy difícil quitar de la cabeza a los enfermos la obsesión del veneno. No podemos pasar por alto algunos hechos, muy significativos y simpáticos.
Había en la casa Moretta un hombre atacado por el cólera. El infeliz, creyendo que su enfermedad era obra de gente perversa, que la había propagado llevando consigo la agüita de marras, colocó un arma de fuego cargada junto a la cama, prohibiendo que entrase en su habitación quien no fuera de la familia. Amenazaba con disparar contra cualquier forastero. Efectivamente, se presentó un sacerdote con idea de consolarlo, pero tuvo que retirarse, al ver que el enfermo agarraba su arma.
El mal progresaba rápidamente, sus familiares no sabían qué partido tomar hasta que se les ocurrió ir a llamar a Don Bosco, que le conocía y a quien él apreciaba mucho.
Don Bosco aceptó enseguida la invitación y fue. Cuando llegó a la galería le llamó por su nombre.
-¡Hola, don Bosco!, respondió el enfermo.
-¿Puedo pasar?
-Pase, pase, don Bosco. Estoy seguro de que usted no traerá la agüita...
Entró Don Bosco, pero apenas atravesó el umbral, le detuvo aquél con voz imperiosa, diciendo:
-¡Abra las manos!
Don Bosco le mostró la palma de la mano derecha.
-¡Abra también la izquierda!, le intimó con impaciencia el enfermo.
Don Bosco abrió la izquierda.
-Sacuda las mangas con los brazos hacia abajo.
Don Bosco lo hizo.
-¿Qué lleva en los bolsillos?
Don Bosco sacudió y volvió los bolsillos al revés.
-¡Ahora acérquese a la cama. Ya estoy seguro.
¡Don Bosco lo confesó!
Al poco tiempo, el infeliz perdía el conocimiento. Entró Tomatis con otro compañero, lo envolvió en una manta, lo tendieron sobre unas angarillas y lo llevaron al lazareto, donde murió.

Corría entre la gente la voz de que la causa del cólera era cierta agua blanquecina producida por unos polvos mortíferos, que se hallaban en los pozos, por lo que muchos no querían beber.
Llamaron a Don Bosco a la cabecera de un enfermo, bastante grave; después de haberle administrado los sacramentos, vio que, aunque le ardían los labios por la sed, no quería de ningún modo humedecerlos.
Como Don Bosco siempre era obedecido, le preparó una botellita y le dijo que bebiera aquel líquido sin ningún miedo, cuando le atormentase la sed. El enfermo lo prometió.
Dejó Don Bosco a un muchacho para servirle durante la noche y marchó para visitar a otros contagiados. Al poco rato, como viera el muchacho que el enfermo se agravaba, le dijo:
-Beba usted un poco.
El enfermo, sin acordarse de las garantías de don Bosco, se incorporó, se volvió a él y le miró de modo uraño.
-Tome, tome; beba, le decía el muchacho acercándole la botellita.
-¿Qué estás diciendo? ¿Qué dices?... ¡Fuera, fuera de aquí inmediatamente!
-Tranquilícese, beba: verá cómo se alivia, repetía el joven enfermero.
-¿Que no te vas?, gritó el enfermo.
Y como acometido por un ataque de locura, saltó de la cama, corrió tambaleándose a agarrar la escopeta y apuntó hacia la puerta.
-Tú verás, si no sales...
Pero el muchacho había tomado la escalera más que a escape.
Muchas veces ayudó Don Bosco a transportar a los enfermos. El día 16 de agosto, por la mañana, fiesta de San Roque, copatrono de Turín, iba camino del Oratorio, cuando vio a un mozalbete sentado a la orilla de una acequia en el prado de los hermanos Filippi, el que fue lugar de reunión de sus primeros encuentros; estaba comiéndose vorazmente un gran melón.
-Déjalo ya, le dijo Don Bosco; puede hacerte daño.
-Es tan bueno que no me hará ningún daño, replicó el joven; soy yo quien se lo hace a él.
Don Bosco le invitó de nuevo a dejarlo, pero sin éxito. Siguió el sendero y entró en casa. No estaba todavía en su habitación, cuando llegó una persona anunciando que un pobre obrero estaba tendido en el prado, víctima de dolores, y que pedía socorro... Corrió Don Bosco al lugar y se encontró con el mozalbete que no había hecho caso de su consejo, gimiendo y retorciéndose con la mitad de su melón al lado. Unos curiosos miraban desde lejos con aire de miedo, mas no osaban aproximarse. Don Bosco se acercó, le animó y le dijo:
-¿Qué te pasa?
-No sé... siento frío... siento escalofríos en los muslos...
Don Bosco tomó sus manos que estaban heladas, síntoma seguro del cólera asiático. Invitó al pobrecito a incorporarse y acompañarle; pero, a pesar de sus esfuerzos, dio unos pasos y volvió a sentarse diciendo:
-Me fallan las piernas.
Echó don Bosco un vistazo en derredor para llamar a alguien y vio pasar a Tomatis. Le hizo señas y, él de una parte y Tomatis por la otra, agarraron al enfermo por las axilas, lo levantaron y se pusieron en camino. El desgraciado pudo todavía arrastrar los pies y caminar; pero, al llegar a cierto punto, le sorprendió un espasmo, con dolores tan fuertes que se dejó caer por tierra como un muerto.
Entonces, los dos piadosos portadores hicieron una especie de silla con sus brazos y lo llevaron así por un buen trecho.
-¿Adónde me llevan?, preguntaba el infeliz.
-Aquí cerca, a casa de un amigo mío, una casa de salud donde podrás curarte, le decía Don Bosco.
No decía al lazareto, porque sólo el nombre le habría asustado.
Entre tanto, y mientras caminaban, se le cayó el melón que aún llevaba en las manos y quería que sus portadores se pararan a recogerlo. Don Bosco le dio el gusto, pero Tomatis, que vio a su Superior demasiado cansado, se cargó al enfermo a las espaldas, ya que resultaba una carga ligera para él, que era muy fuerte. Don Bosco iba detrás, sosteniendo al pobrecito, para que no fuera tan incómodo. De tal guisa llegaron al lazareto, donde los enfermeros, al ver la gravedad del caso, prepararon enseguida un baño de agua caliente. Mientras tanto, Don Bosco invitó al joven a confesarse, para prepararlo a morir, y el pobrecito se confesó como pudo, pero con verdaderas muestras de dolor. Inmediatamente después empezó a delirar, hablando de su melón y de ocho cuartos que llevaba escondidos en el bolsillo. Temía que cualquier ladrón se los robara.
Don Bosco le preguntó si quería que él se los guardase, y el mozalbete se tranquilizó y le entregó su pequeño tesoro, diciéndole: Guárdemelos, para cuando sane.
Llegó el médico, lo metieron en el baño y le hicieron las friegas para que sudara. Todo fue inútil: al mediodía dejaba de existir.

El cólera invasor exigía continuamente nuevos sacrificios de caridad espiritual y material, y Don Bosco a duras penas podía atender a tantas necesidades. Sucedió más de una vez que los muchachos que se habían apuntado para enfermeros, estaban todos al mismo tiempo atendiendo a los coléricos y no quedaban en casa más que los más pequeños, los más débiles y también los más tímidos. Y, sin embargo, Don Bosco necesitaba algunos que le acompañaran o que fueran a donde habían llamado con urgencia. Una mañana tenía que ir al lazareto para administrar la Extremaunción; pero convenía que alguien le sostuviera los vasos sagrados, mientras él administraba el Sacramento. Ninguno de los muchachos que había en casa se atrevía a acompañarlo. Después de negarse algunos, invitó Don Bosco a Juan Cagliero, que estaba jugando con los compañeros.
-¿Quieres venir conmigo?
-¡Vamos!, respondió resueltamente Cagliero.
Y se pusieron en marcha. Al llegar al lazareto, Cagliero ayudó a Don Bosco en los preparativos para la administración de los santos óleos, y contestó a las oraciones rituales, yendo de una cama a otra. Llegó un médico, vio al chiquillo y dijo:
-Don Bosco, ¿qué hace usted? ¡Este chico no puede ni debe estar aquí! ¿No ve que es una grave imprudencia?
-No, no, Doctor, contestó don Bosco; ni él ni yo tenemos miedo al cólera y no pasará nada.
Efectivamente, Cagliero podía ir a la par del enfermero más preparado por su valor y habilidad, y, como él, Juan Bautista Anfossi, quien dejó escrito:
«Tuve la suerte de acompañar a Don Bosco varias veces cuando visitaba a los apestados. Tendría yo entonces unos catorce años y recuerdo que, al prestar mi labor de enfermero, lo hacía muy tranquilo, con la confiada esperanza de estar a salvo, esperanza que Don Bosco había sabido infundir en sus alumnos. Me animaba a aquella asistencia la caridad de Don Bosco. Se conmovía uno al ver con qué amabilidad y destreza sabía convencer a los enfermos para que recibieran los auxilios de la religión y alcanzaran una buena muerte, y cómo sabía tranquilizarlos sobre la suerte que correrían sus hijos, privados de todo apoyo. Un día le vi volver al Oratorio con unos dieciséis niños, que había recogido por las casas, porque habían quedado huérfanos. A todos los tuvo consigo y los encauzó, según su aptitud, a los estudios o a un oficio. Y no fueron éstos los únicos que trajo de la mano llorando para echarlos en los brazos amorosos de la Divina Providencia».
El ejemplo de Cagliero, de Anfossi y de otros animó unos días después a los que aún no se habían decidido. Escribió el clérigo Félix Reviglio:
«Cuando don Bosco volvía de la ciudad, le rodeaban los que habían quedado en casa. Y él exclamaba: ¿Quién quiere ir al lazareto y a las casas para atender a los apestados? Yo, yo, gritaban todos en un arranque de caridad. Entonces me dirigió a mí directamente la pregunta y tal vez fui el único que no aceptó, porque yo deseaba un mandato. Don Bosco, con la sonrisa en los labios, pareció condescender a dejarme en paz. Pero, como si hubiera leído en mi corazón, me eligió para acompañarlo; me llamó y, porque él me lo mandó, presté mis servicios asistiendo a seis apestados hasta el fin de sus vidas».
Prestaron asistencias nocturnas, con don Bosco, Juan Turchi y Carlos Gastini, y en la asistencia permanente se distinguieron en particular los clérigos Rúa, José Buzzetti y Francesia. Don Bosco rezaba continuamente por la salud de sus hijos, y la Virgen le escuchaba; el clérigo Francesia recibió además una prueba de su maternal protección.
La madre de este clérigo había caído víctima de la terrible enfermedad y estaba muy mal. Avisado el hijo, corrió a casa y la encontró en un estado que daba pocas esperanzas. Volvió corriendo al Oratorio, llamó a Don Bosco, quien acudió enseguida a confesarla. Vivía frente a la Iglesia de Nuestra Señora de la Consolación. Cuando Don Bosco llegó a la columna de la Inmaculada, erigida en la plaza, se descubrió la cabeza y, mostrando a Francesia la estatua de María, le dijo:
-¿La ves? Ella curará infaliblemente a tu madre, si le prometes dedicar tu vida particularmente, cuando seas sacerdote, a propagar su gloria y su devoción.
El clérigo aceptó la propuesta. Don Bosco subió entonces a la habitación de la enferma, la consoló, la confesó y enseguida le administró la extremaunción. Se retiró Don Bosco y se quedó allí el hijo. Se presentó luego el médico, empleado en la fábrica de armas, quien aconsejó, como único remedio, efectuar una sangría. Las vecinas, que llenaban la estancia, criticaban la orden del médico e insistían a la enferma para que no se dejase sangrar. El médico, inmóvil y silencioso, en medio de tanta cháchara, dijo al fin:
-Yo no la sangro si ella no quiere.
Y se marchó. El hijo hizo desalojar la habitación y, con plena fe en la palabra de Don Bosco, dijo a su madre:
-¿Qué hacemos?
-Di tú, contestó la buena mujer: ¿cuál es tu parecer?
-Yo diría que lo que ha indicado el médico.
-Pues ve a llamarlo.
El hijo encontró al médico al pie de la escalera y le rogó que volviera a subir, asegurándole que la madre se avenía a seguir del todo su consejo. Hizo la sangría cinco o seis veces y la enferma sanó y vivió todavía veintiún años más.
Fue providencial para los enfermos la actuación de Don Bosco y de sus chicos, tal y como quedó plasmado en el diario Armonía en su edición del 16 de septiembre de 1854:
“Animados por el espíritu de su padre más que superior, Don Bosco, se acercan con valentía a los enfermos de cólera, inspirándoles ánimo y confianza, no sólo con palabras sino con los hechos; cogiéndoles las manos, haciéndoles fricciones, sin hacer ver horror o miedo. Es más, entrando en la casa de un enfermo de cólera se dirigen a las personas aterrorizadas, invitándoles a retirarse si tienen miedo, mientras que ellos se ocupan de todo lo necesario”.
Sobre este episodio destaca el sacerdote Ángel Peña[2]:
"En aquel tiempo, los alumnos del internado, con Don Bosco y su madre, formaban una gran familia de casi cien personas. Estaban instalados en un lugar donde el cólera causó muchos estragos, y que, lo mismo a la derecha que a la izquierda, cada casa tuvo que llorar sus muertos. Después de cuatro meses de pasada la epidemia, de tantos como eran, no faltaba ni uno. El cólera los había cercado, había llegado hasta las puertas del Oratorio, pero como si una mano invisible le hubiera hecho retroceder, obedeció, respetando la vida de todos.
San Juan Bosco no dudó en mostrar su gratitud a Dios y la Virgen por proteger la vida de sus jóvenes. Así que el 8 de diciembre de 1854 - en la fecha en que el Papa Pío IX proclamó el dogma de la Inmaculada Concepción -, dijo estas palabras a sus hijos: "Demos gracias, queridos hijos, a Dios, que razones tenemos para ello; porque, como veis, nos ha conservado la vida en medio de los peligros de la muerte. Más para que nuestra acción de gracias sea agradable, unamos a ella una cordial y sincera promesa de consagrar a su servicio el resto de nuestros días, amándolo con todo nuestro corazón, practicando la religión como buenos cristianos, guardando los mandamientos de Dios y de la Iglesia, huyendo del pecado mortal, que es una enfermedad mucho peor que el cólera y la peste".
Este es el amplio relato de la historia vivida por Don Bosco y los jóvenes del Oratorio, totalmente actual en estos momentos que nos toca vivir ahora a nosotros.
Quedémonos con lo importante de esta historia:
-          Ninguno de los chicos, nadie en el Oratorio, fue golpeado por la enfermedad, nadie se contagió, cumpliéndose así la promesa de Don Bosco.
-          La actuación de los chicos fue ejemplar, pese a ser adolescentes de entre 14 y 16 años: la confianza plena en la gracia de Dios y en la mediación de la Virgen, testimoniada en el actuar de Don Bosco; la solidaridad mostrada desde el primer momento.
-          Todos los valores mostrados en esta historia nos ayudan a contemplar esta pandemia actual desde otro punto de vista.
-          Estar en paz con Dios y con uno mismo es una de las razones más importantes del ser cristiano, máxime en este camino de Cuaresma.
-          Entre los chicos que actuaron como sanitarios se encontraban Miguel Rua, Luis Anfossi, Juan Cagliero o Juan Francesia, quienes años más tarde formarían parte del grupo que dio inicio a la Congregación Salesiana.
-          También como anécdota, otros chicos conocidos por todos los AA.AA.DB. que se implicaron en la atención a los enfermos durante la epidemia son Carlos Gastini, Félix Reviglio, Carlos Tomatis, Juan Turchi o José Buzzetti, miembros del primer grupo que fueron a saludar a Don Bosco el 24 de junio de 1870.


PARA LA REFLEXIÓN
1. ¿Qué significado le das a la entrega de Don Bosco y sus chicos con respecto a los enfermos? ¿Lo habrías hecho tú? ¿Por qué?
2. ¿Cómo estás actuando frente al coronavirus? ¿Colaboras para frenar la pandemia de alguna manera?
3. ¿Aceptas la gracia de Dios como la única tabla de salvación? ¿Por qué?
Puedes consultar más ampliamente las historias y testimonios de los chicos del Oratorio en la epidemia del cólera de 1854 en Turín pinchando en los siguientes enlaces:


[1] Recordemos que el lazareto era una instalación sanitaria, más o menos aislada, una especie burda de hospitalito o casa de socorro, pero con unas condiciones higiénicas mínimas, donde se trataban las enfermedades infecciosas y que en ocasiones se usaba como correccional o prisión. Históricamente se han utilizado para enfermedades como la lepra, la tuberculosis o la fiebre amarilla, y se solían instalar en los puertos de las grandes ciudades costeras para tener en cuarentena a las embarcaciones o personas procedentes de otros países contaminados o sospechosos de contagio.
[2] El padre Ángel Peña Benito es sacerdote de la Orden de los Agustinos Recolectos, autor de numerosos libros de temática religiosa. La cita proviene del libro Vivencias de Don Bosco, cuyo contenido está publicado en publicado en es.gaudiumpress.org, en el enlace https://es.gaudiumpress.org/content/107969-Las-armas-espirituales-que-propone-San-Juan-Bosco-para-combatir-la-peste#ixzz6GwrS5CJW

30 de marzo de 2020

PASCUA SALESIANA EN CASA

DESDE LA DELEGACIÓN INSPECTORIAL DE PASTORAL JUVENIL NOS INVITAN A VIVIR UNA PASCUA EN CASA.

PARA ELLO, OS DEJAMOS LOS ENLACES PARA OJEAR MATERIAL Y PARA APUNTARSE PARA VIVIR LA PASCUA DESDE CASA.






27 de marzo de 2020

MENSAJE DEL RECTOR MAYOR AL FINAL DEL CAPÍTULO GENERAL 28

“Nos encontrarnos en Valdocco, cuna de la Salesianidad, la casa donde nacimos en Don Bosco, y un lugar significativo para este que este Capítulo sea muy especial”. De esta manera se expresó el Rector Mayor, P. Ángel Fernández Artime, al final del Capítulo General 28, y por medio de un Video-mensaje desea saludar a toda la Familia Salesiana.
El Rector Mayor ofreció algunas reflexiones y consideraciones sobre el recién concluido Capítulo General. “Ha sido una experiencia de Congregación. Hemos vivido una riquísima experiencia de fe y de presencia del Espíritu y que nos acompañó en este gran encuentro. Nos ha hecho sentirnos no solo en casa, sino en el lugar donde hemos nacido. Esta es nuestra cuna salesiana”, ha enfatizo el Rector Mayor.
Ha sido un Capítulo General “verdaderamente especial”. Lo que contribuyó a que este Capítulo fuera tan “especial” fueron sin duda la presencia y la participación de los jóvenes. Pidieron con la sencillez a los Salesianos que siguieran haciendo sentir su presencia en medio de ellos.
Por medio de este video el Rector Mayor desea animar a toda la Familia Salesiana a perseverar en la fe, en estos tiempos difíciles, en los que un virus “nos habla de nuestra fragilidad y que nos muestra que no somos todopoderosos”.
Por ANS

26 de marzo de 2020

BOLETÍN INFORMATIVO DE LA ASOCIACIÓN DE CÓRDOBA

SALE A LA LUZ UN NUEVO NÚMERO DEL BOLETÍN INFORMATIVO DE LA ASOCIACIÓN DE CÓRDOBA, EXACTAMENTE, EL NÚMERO 48

25 de marzo de 2020

BOLETÍN SALESIANO DE MARZO 2020

TENEMOS UN NUEVO NÚMERO DEL BOLETÍN SALESIANO.



24 de marzo de 2020

¿SABÍAS QUE...? - Número 11






…Don Bosco tuvo que pasar algunas epidemias durante su vida, incluso con los chicos del Oratorio de Valdocco, donde ninguno se contagió del cólera, tal y como les predijo?

DON BOSCO Y LAS EPIDEMIAS (I)

En estos momentos de pandemia internacional por el COVID-19 (Coronavirus), que está haciendo estragos en todo el mundo, es cuando más hemos de tener presente al Señor en nuestras vidas y a María Auxiliadora presente en nuestras oraciones. Don Bosco también fue ejemplo para su época en momentos difíciles de epidemia, pues la vida en el Turín del ottocento no fue fácil para la mayoría de las personas: la dieta alimenticia con tantas carencias y la falta de higiene fueron elementos clave para que se produjeran algunas epidemias en la época. Recordemos la del cólera de 1854 y cómo la afrontó Don Bosco.
Unos meses antes, había aparecido un fuerte de cólera en Asia, lo que fue informado a los chicos del Oratorio por Don Bosco en el mes de mayo, prediciendo que dicho brote llegaría a Turín, por lo que habría que estar preparado.
También les dijo: “Pero vosotros estad tranquilos: si cumplís lo que yo os digo, os libraréis del peligro”. “¿Y qué hay que hacer?”, le preguntaron los chicos.
Don Bosco les respondió: “Ante todo, vivir en gracia de Dios; llevar al cuello una medalla de la Santísima Virgen, que yo bendeciré y regalaré una a cada uno; rezar cada día un Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria con la oración de San Luis, añadiendo la jaculatoria: Líbranos Señor de todo mal”.
En efecto, salió el cólera de la India, donde es endémico, recorrió diversos países de Europa, llegó a Italia, Liguria y Piamonte. En el mes de julio invadía la ciudad de Génova, donde murieron casi tres mil personas en el espacio de dos meses.
Al anunciarse los primeros casos, el Ministerio comunicaba el 25 de julio normas de precaución al Vicario General de Turín, para que el clero cooperase con las autoridades civiles en la ejecución de las órdenes dadas. Los párrocos obedecieron, el clero se aprestó a todo, los religiosos camilos, los capuchinos, los dominicos, los oblatos de María, se ofrecieron a asistir a los atacados por la peste.
Eran terribles los síntomas y los efectos del cólera asiático, tanto que imponía miedo a los más intrépidos. Generalmente precedían molestias intestinales; pero, de pronto, se presentaban vómitos y diarreas incesantes; opresión en el estómago por un gran peso; horribles espasmos y contracciones atormentaban las extremidades. Se hundían los ojos y quedaban con un cerco de color de plomo, lánguidos y apagados; la nariz afilada, el rostro demacrado y descompuesto; resultaba difícil reconocer al individuo. La lengua se ponía blanca y fría, la voz ronca y el habla casi ininteligible. Todo el cuerpo adquiría un color algo amoratado y, en los casos más graves, se volvía hasta cerúleo y tan frío como un cadáver. Algunos atacados por la enfermedad caían al suelo, como heridos de apoplejía fulminante; otros sobrevivían unas horas y pocos pasaban de las veinticuatro. Durante los primeros días, eran tantos los muertos como los atacados. Por término medio, moría un 60%, así que, salvo la peste, ninguna otra enfermedad conocida presentaba tan espantosa mortalidad; más aún, si la peste mataba a mayor número, no lo hacía en tan breve espacio de tiempo como el cólera. De donde resulta fácil comprender el miedo que infundía a todos.
Fomentaba este miedo el saber que no se había encontrado remedio contra el fatal morbo, y la convicción de que no sólo era epidémico, sino contagioso. Además, entre el pueblo corría el falso rumor de que los médicos suministraban a los enfermos una bebida envenenada, a la que en Turín llamaban acquetta (veneno) para que muriesen cuanto antes, y así librarse más fácilmente del peligro ellos y los demás.
Una prueba de la angustia que la horrible enfermedad producía, era que se paralizaba el comercio, se cerraban las tiendas, se escapaban muchísimos rápidamente de los pueblos infestados. Más aún, en algunos lugares, en cuanto uno era contagiado, los vecinos, y hasta los mismos parientes, se amedrentaban de tal modo que dejaban al enfermo sin la menor ayuda ni asistencia, y era preciso que una alma caritativa y valiente se prestase a atenderlo, cosa que no siempre resultaba fácil encontrar. Llegó a ser preciso que los sepultureros pasaran por las ventanas o rompieran las puertas para entrar en las casas a sacar los cadáveres, ya corrompidos... En fin, en algunos pueblos se repitieron, por aquellos días, los mismos hechos de terror que se cuenta sucedieron cuando los estragos de las antiguas pestes, cuyas descripciones se leen en autores antiguos y modernos.
Pero el cólera no prestaba oídos al miedo general; al contrario, como enemigo animado por el espanto del adversario, pasaba de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad, segando a su paso innumerables víctimas. No respetaba ni los lugares más saludables, como colinas y montañas. El 30 de julio cruzaba los Apeninos, llegaba al territorio de Turín y empezaba en los primeros días de agosto a hacer sus víctimas por los arrabales. La Casa Real entera, invitada por el conde Cays, se trasladaba a su castillo de Caselette, edificado en un fresco altozano al pie de los Alpes y allí permaneció al seguro durante tres meses.
Apenas se declaró el peligro de tan gran mortandad, el Ayuntamiento dio ejemplo de piedad rápidamente. El Alcalde Notta, después de tomar todas las medidas sanitarias para la asistencia y cuidado de los enfermos y de impartir las órdenes oportunas, quiso se implorara el socorro de la Reina de los Cielos, cuyo valioso patrocinio se había conseguido en otros apuros semejantes. Encargó, pues, una función religiosa en el Santuario de Nuestra Señora de la Consolación, en la que participó, en la mañana del 3 de agosto, una notable representación del Concejo Municipal junto a una inmensa muchedumbre de fieles. El mismo Alcalde lo ponía en conocimiento de la autoridad eclesiástica por carta, en la que se leían estas palabras:
«Una delegación del Concejo Municipal, intérprete del deseo de la población de esta capital, con ocasión de la temida invasión del cólera asiático, ha asistido esta mañana a una misa, seguida de la bendición con el Santísimo, en la iglesia de Nuestra Señora de la Consolación, para impetrar su patrocinio».
Y la Santísima Virgen no desoyó aquellos ruegos, ya que, en contra de lo que se temía, la terrible enfermedad hizo muchos menos estragos en Turín, que en muchas otras ciudades y pueblos de Europa, de Italia y aún del Piamonte.
A pesar de todo, los casos pasaron de 1 a 10, a 20, a 30 y hasta a 50 y 60 por día. Del 1 de agosto hasta el 21 de noviembre se dieron en la ciudad y en sus arrabales casi 2.500 casos, de los que 1.400 fueron mortales. La zona más castigada fue la de Valdocco, donde, sólo en la parroquia de Borgo Dora, se contaron 800 enfermos en un mes y 500 muertos. Junto al Oratorio hubo familias que quedaron no solamente diezmadas, sino exterminadas.
Ahora bien, ¿por qué razón el Oratorio de San Francisco de Sales se salvó ante la invasión y la devastación del fatídico cólera? Lo explica muy bien las Memorias biográficas.
Al esparcirse la noticia de que el mal empezaba a extenderse por la ciudad, don Bosco demostró ser el padre amoroso y el buen pastor de sus hijos. Empleó todas las precauciones posibles, aconsejadas por la prudencia y la ciencia, para no tentar al Señor. Hizo limpiar bien los locales, preparó otras habitaciones para disminuir el número de camas en los dormitorios, y mejoró la comida, lo cual le ocasionó notables gastos.
Por ello, el católico y benemérito periódico Armonía, habiendo sabido los apuros en que se encontraba don Bosco, publicó en su favor y en el de sus muchachos una llamada a la caridad de los fieles con este breve y jugoso artículo publicado en el número 95, del 10 de agosto de 1854:
AYUDA AL ORATORIO DE SAN FRANCISCO DE SALES
«Son de todos conocidos el celo y la caridad con que el sacerdote Juan Bosco se sacrifica para instruir y educar a muchachos de la más humilde condición, los cuales, por lo general, están abandonados totalmente en punto a educación. El resultado de semejante abandono no podría contarlo nadie mejor que los magistrados encargados de castigar a los delincuentes que, en su mayor parte, pertenecen a dicha clase social. ¡Cuántos delitos evita la caridad de este pío sacerdote! Es así mismo de todos conocido que esta Obra, acogida al patrocinio de San Francisco de Sales, no cuenta para su sostenimiento más que con la caridad de las personas buenas, ya que no percibe ningún subsidio de la beneficencia pública. Cada cual puede hacerse una idea de lo que cuesta alojar y mantener a un centenar de jóvenes, sobre todo este año, en el que la carestía de víveres se deja sentir por doquier. Al llegar el cólera, hubo que hacer mayores gastos para asear locales, disminuir el número de camas en la misma habitación y adaptar por tanto otros locales para dormitorios, proveer de ropas, etc...
Sabemos de buena tinta que el buen sacerdote, siempre dueño de sí mismo y confiado en la Divina Providencia, que nunca falta ni a los pájaros del campo, ni a las fieras del bosque, pasa todavía por serios apuros, y está dispuesto a toda clase de sacrificios, antes que abandonar a sus queridos muchachos, ahora que es cuando más ayuda necesitan. No dudamos de que las almas generosas acudirán en auxilio del bondadoso y caritativo sacerdote, que siempre se declara deudor de todo cuanto ha hecho hasta el presente en pro de esos muchachos».
Pero Don Bosco, no satisfecho con las providencias terrenas, se acogió con toda su alma a la providencia del Cielo, quien, postrado ante el altar, hizo al Señor esta oración en los primeros días del peligro: «Dios mío, herid al pastor, pero mirad por la salud del tierno rebaño». Y luego, volviéndose a la Santísima Virgen, le rezó: «¡Oh María, Vos sois madre potente y amorosa, heme aquí dispuesto a morir cuando y como a Él plazca!». Era el buen Pastor que ofrecía la vida por sus corderos.
El 5 de agosto, fiesta de Nuestra Señora de las Nieves, que aquel año cayó en sábado, a cierta hora de la tarde reunió en torno a sí a todos los internos y les dirigió estas palabras:
«Habéis oído; les dijo, que ya ha hecho acto de presencia el cólera en Turín, y que ha habido algunos casos de muerte. Reina la consternación en la ciudad, y sé que algunos de vosotros vivís angustiados. Voy a daros algunas recomendaciones que, si las ponéis en práctica, espero que todos os libraréis de tan terrible mal.
Ante todo, habéis de saber que esta enfermedad no es nueva en el mundo. Ya hablan de ella los Libros Santos, en los que el Señor nos advierte de las causas que la producen. `En el exceso de alimento hay enfermedad, y la intemperancia acaba en cólicos'.
Pero el Señor, que nos da a conocer los fatales orígenes de esta calamidad, nos indica también los remedios para evitarla. `Sé parco, dice El, en las comidas que te ponen delante. Poco vino es suficiente a un hombre bien educado'. Y en otra parte da el Señor un remedio, que vale por todos, y dice: `Aléjate del pecado, endereza tus acciones y limpia tu corazón de toda culpa'.
He aquí, pues, queridos hijos míos, los remedios que os propongo para libraros del cólera. Son casi los mismos prescritos por los médicos: Sobriedad, templanza, tranquilidad de espíritu y entereza. Pero,  ¿cómo podrá tener tranquilidad de espíritu y entereza el que vive en pecado mortal, el que no está en gracia de Dios, el que sabe que si muere va la infierno?
Quiero también que nos pongamos en manos de María con alma y cuerpo. ¿Será el cólera efecto de causas naturales, como la infección del aire, el contagio, etc.? En tal caso, necesitamos de una buena medicina que nos preserve. Y ¿qué medicina mejor y más eficaz que la Reina del Cielo, llamada por la Santa Iglesia Salud de los enfermos, Salus infirmorum? ¿O no será más bien la mortífera peste un castigo de Dios, enojado por los pecados del mundo? En tal caso, necesitamos una elocuente abogada, una madre piadosa, que con valiosa plegaria y amable dulzura aplaque su enfado, desarme su mano y nos alcance misericordia y perdón. Y María es cabalmente esa abogada, esa Madre: Abogada nuestra; Madre de misericordia; vida, dulzura y esperanza nuestra.
Ya el año 1835 visitó esta misma enfermedad la ciudad de Turín, pero la Virgen Santísima la echó fuera enseguida. Como recuerdo de esta gracia, la ciudad de Turín levantó la hermosa columna de granito que sostiene la estatua de mármol de la Virgen, que nosotros admiramos en la plazoleta del Santuario de Nuestra Señora de la Consolación. ¿Quién sabe si la Santísima Virgen será quien nos libre de nuevo este año, alejando esta tremenda peste, o al menos no dejándola hacer estragos con tanta furia entre nosotros?
Hoy es la fiesta de la Virgen de las Nieves y mañana comienza la novena de la fiesta más bonita que la Iglesia ha instituido en honor de María Santísima; la fiesta que nos recuerda su plácida y santa muerte, su triunfo, su gloria y su poder en el Cielo. Os recomiendo que hagáis todos mañana una buena confesión y una santa comunión, para que pueda yo ofreceros a todos juntos a la Santísima Virgen, rogándole que os proteja y defienda como a hijos suyos queridísimos. ¿Lo haréis así?
-¡Sí, sí!, corearon todos a una voz.
Don Bosco se calló un momento y luego, tomando la palabra, siguió en un tono difícil de repetir. Dijo para concluir:
La causa de la muerte es, sin lugar a duda, el pecado. Si todos vosotros os ponéis en gracia de Dios y no cometéis ningún pecado mortal, yo os aseguro que ninguno será atacado por el cólera; pero, si alguno se obstina en seguir siendo enemigo de Dios, o lo que es peor, le ofendiera gravemente, a partir de ese momento yo no podría garantizar lo mismo para él ni para ningún otro de la casa»[1].
El efecto de estas palabras que produjeron en los muchachos fue terminante. Unos, aquella misma tarde, otros, a la mañana siguiente, todos los jóvenes internos y algunos del Oratorio festivo fueron a confesarse y a comulgar. A partir de aquel día, la conducta moral y religiosa de los chicos fue tan buena y ejemplar que no se podía esperar más: la oración, la frecuencia de los sacramentos, el trabajo, y la obediencia, la caridad y el temor de Dios, alcanzaron los más altos grados de perfección
Entre tanto, los casos de cólera eran cada vez más frecuentes en Turín y sus arrabales. En cuanto Don Bosco se enteró de que la epidemia empezó a rondar por los alrededores del Oratorio, se aprestó a asistir a las víctimas. Mamá Margarita, que en otras ocasiones había demostrado tanto miedo por la vida del hijo, en ésta manifestó que era un deber suyo desafiar el contagio.

Al mismo tiempo, el Ayuntamiento de Turín improvisaba lazaretos[2] donde recoger a los contagiados, carentes de asistencia y de cuidados en su propia casa. Pero -paradójicamente- si le era fácil abrir lazaretos por una y otra parte, le resultaba en cambio dificilísimo encontrar personas que, ni aun bien pagadas, quisieran prestarse a atender a los enfermos allí o en las casas particulares. Hasta los más valientes temían el contagio y no querían correr el riesgo de su propia vida. Nació entonces en la mente de don Bosco una idea grandiosa: idea que le llevó a tomar una singular decisión. Después de haberse prestado durante varios días y noches a servir a los apestados, juntamente con don Víctor Alasonatti y otros sacerdotes turineses colaboradores en el Oratorio festivo; después de haber visto con sus propios ojos la necesidad de muchos de aquellos enfermos, un día, reunió Don Bosco a sus jóvenes y los motivó dirigiéndoles unas sentidas palabras donde les describió el miserable estado en que se hallaban muchos enfermos, algunos de los cuales morían por falta del oportuno y necesario socorro. Les habló del hermosísimo acto de caridad que suponía dedicarse a atenderlos; de cómo el Divino Salvador aseguraba en el Evangelio que tendrá como hecho a El mismo el servicio prestado a un enfermo; de cómo en todas las epidemias había habido cristianos generosos, que, desafiando a la muerte, habían estado al lado de los pacientes ayudándolos y atendiéndolos física y espiritualmente. Les dijo que el Alcalde en persona había solicitado enfermeros y asistentes; que Don Bosco y algunos más ya se habían ofrecido y concluyó manifestando su deseo de que algunos de sus muchachos les acompañaran en aquella obra de misericordia.
Las palabras de don Bosco no cayeron en el vacío. Los muchachos del Oratorio las acogieron religiosamente y se portaron como hijos de tal padre. Catorce de ellos se presentaron inmediatamente, dispuestos a secundar sus deseos, y dieron su nombre para ser inscritos en la lista de la comisión sanitaria; y, pocos días después, siguieron su ejemplo otros treinta.
Si se tiene en cuenta, por una parte, el pánico que en aquellos días se enseñoreaba de los espíritus, al extremo de que muchos, sin excluir a los médicos, huían de la ciudad, y que había enfermos abandonados por sus propios parientes; y, por otra parte, la edad y la natural timidez de los muchachos en semejantes casos, no puede dejarse de admirar la noble audacia de los hijos de Don Bosco, el cual se alegró tanto, que lloró de satisfacción.
Con todo, antes de lanzarlos al campo de batalla, el buen padre les prescribió varias normas a seguir, a fin de que su trabajo fuera beneficioso a los enfermos física y espiritualmente, tanto para el cuerpo como para el alma. La terrible enfermedad tenía generalmente dos etapas: la caída, que, de faltar ayuda inmediata, de ordinario era mortal; y la reacción, en la que, al reactivarse la circulación de la sangre, muchos se libraban de la muerte. Por lo tanto, quien atendía a un contagiado debía preocuparse de vencer la violencia del contagio, provocando en él la reacción, que se conseguía con friegas moderadas y fomentos calientes en las extremidades, presas de calambres y del frío. Acerca de esto, Don Bosco dio a sus jóvenes enfermeros útiles instrucciones y oportunos conocimientos que los convirtieron en médicos improvisados. También les dio sugerencias acerca del alma, para que, por cuanto de ellos dependía, ningún enfermo llegara a morir sin los consuelos de la religión. Unos tenían que prestar sus servicios en los lazaretos, otros en las casas particulares, quiénes en una, quiénes en otra familia. Algunos corrían por los alrededores para enterarse de si había enfermos desconocidos; y, finalmente, otros se quedaban en casa dispuestos a acudir a la primera llamada.

Apenas se supo que los muchachos del Oratorio se habían entregado al cuidado y asistencia de los apestados y que eran excelentes enfermeros, se multiplicaron de tal modo las llamadas que, a la semana, hubo que cambiar el horario establecido. Parientes, vecinos y conocidos y el mismo Ayuntamiento, todos recurrían a Don Bosco, de suerte que los jóvenes estaban continuamente en movimiento. Había días en que apenas si podían tomar un bocado de pan y, a lo mejor, deprisa y en la misma casa del paciente. De noche, era un continuo ir y venir de uno que se acostaba, de otro que se levantaba; y más de una noche se la pasaron en vela, al lado de los enfermos sin punto de reposo, pero alegres y contentos.
Al principio, antes de incorporarse a su caritativo quehacer, cada cual se proveía de un frasquito de vinagre, de una dosis de alcanfor o algo parecido; al volver a casa se lavaba o se perfumaba para desinfectarse; pero luego, como había que repetir esta operación tan a menudo, hubo que renunciar a ella, para no perder tiempo. Entonces ya no pensaban más que en sus pobres enfermos y dejaban el cuidado de sí mismo en manos de la Divina Providencia.
La labor del Oratorio en aquellos momentos no fue solamente personal: aunque pobres, pudieron ayudar también materialmente a muchos. Ocurría, con frecuencia, que se encontraban con alguno sin sábanas, ni mantas, ni camisa, sin esto o aquello. Ante la falta de las cosas más necesarias, volvían a casa, exponían el caso a la buena mamá Margarita y ella, compadecida al oírles, iba a la ropería, buscaba y les entregaba lo necesario. Daba a éste una camisa, al otro una manta, a quién una sábana, a quién una toalla y así a uno tras otro. A los pocos días, ya no quedaba más que lo puesto o lo que servía para cubrirse en la cama.
Pero la petición de ayuda seguía: pobres madres que llegaban pidiendo para sus hijas, hijas que lo hacían por sus madres, otras mujeres que prestaban servicios de enfermeras; y Margarita, habiendo dado sus tocas y su chal, terminó por regalar también sus vestidos y refajos, de suerte que no tenía más que lo puesto.
Un día se le presentó una persona pidiéndole algo con qué cubrir a los enfermos. Margarita sufría intensamente por no tener nada que darle. Pero, se le ocurrió una idea de repente, tomó un mantel del altar, un amito, un alba y se fue a pedir permiso a Don Bosco para dar como limosna aquellas prendas de la iglesia. Don Bosco lo aprobó y Margarita entregó todo a la peticionaria.
Entre tanto, el Gobierno había acordado deshacerse de las órdenes monásticas, y Urbano Rattazzi, so pretexto del cólera, comunicaba a la Curia el día 9 de agosto que, no siendo suficientes los lazaretos municipales, tenía la intención de ocupar los conventos de Santo Domingo y de la Consolación y los monasterios de las lateranenses y las capuchinas. El Provicario Fissore hizo las correspondientes protestas, ya que se trataba de violar la clausura sin autorización de la Superioridad Eclesiástica y se negó a permitir semejante usurpación. Rattazzi le contestó severamente que las órdenes dadas no podían discutirse y que sólo el Gobierno era juez competente en las necesidades de la sociedad civil. El 18 de agosto, a las tres de la mañana, escalaban los guardias el monasterio de las canonesas lateranenses y conducían a las monjas a una quinta de la Marquesa de Barolo, cerca de la ciudad; y la noche del veintidós, cuarenta carabineros y guardias rompían la clausura e invadían el monasterio de las capuchinas; hallaron a las monjas rezando en el coro, las obligaron a salir, las condujeron en carruajes a Carignano y allí las encerraron en el monasterio de Santa Clara.
También los religiosos hubieron de abandonar Santo Domingo y la Consolación, quedándose solamente los indispensables para el servicio de las iglesias. Con el mismo pretexto fueron usurpados varios otros conventos del Piamonte, y los cartujos fueron expulsados por la fuerza de la magnífica cartuja de Collegno, para convertirla después en manicomio. Todo esto se hacía contra los derechos reconocidos por el Estatuto y, además, sin que aquellas casas religiosas sirveran para el fin con que el Ministerio las había usurpado.
…(continuará)


NOTA. – Debido a la actualidad de la situación generada por el coronavirus y la estrecha relación con el episodio de la epidemia de cólera vivida por Don Bosco, este artículo se publicará en dos partes debido a la extensión con la que lo contempla las Memorias Biográficas y los testimonios tan relevantes que se contienen.

PARA LA REFLEXIÓN
1. ¿Qué similitudes aprecias entre la realidad de Don Bosco con la situación actual?
2. ¿Atiendes al Coronavirus con miedo? ¿Cómo lo estás enfrentando?
3. ¿Sigues las normas dictadas por el Gobierno? ¿Sigues las normas religiosas que marca la Iglesia?
Puedes consultar más ampliamente la historia de la epidemia del cólera de 1854 en Turín vivida por los chicos del Oratorio de Don Bosco pinchando en el siguiente enlace:



[1] Así se expresó don Bosco la tarde del 5 de agosto de 1854.

[2] Un lazareto es un hospital o edificio similar, más o menos aislado, donde se tratan enfermedades infecciosas. Históricamente se han utilizado para enfermedades contagiosas, como la lepra o la tuberculosis, y algunas de estas instalaciones eran más bien de reclusión, sin ningún tipo de cuidados médicos ni salubridad