1 de octubre de 2019

¿SABÍAS QUE...? - Número 5



…Don Bosco también cometió algunas travesuras, pero supo ser consecuente con su deber y responsabilidad, y que su madre supo hacerle ver la importancia de prever las consecuencias de nuestros actos?

EL ACEITE Y LA VARA
Normalmente, Margarita Occhiena, madre de Don Bosco, acudía cada jueves al mercado de Castelnuovo para vender los productos que producían en su caserío: queso fresco, pollo y verduras. A la misma vez, compra tejidos, velas y sal. Es habitual sorprender a los niños con algún pequeño regalo, quienes, al ocaso, van a su encuentro corriendo.
Mientras esperan, Juanito y José (9 y 10 años) se entretienen jugando, unas veces al escondite, otras a lanzar piedras contra algún tronco, o a la "lippa", que consiste en lanzar de uno a otro un cilindro de madera, debiendo éste ser agarrado con cuidado, de lo contrario cae al suelo.
En un momento determinado, Juan, queriendo dificultar un poco el juego, lanza con fuerza el objeto al hermano, yendo a parar el pequeño cilindro en el tejado de la casa...
- ¿Qué hacemos? - pregunta José.
- ¡Hay otro en la cocina! - grita Juan - ¡Voy a buscarlo!
El juguete está sobre el armario, demasiado alto para el pequeño, quien poniéndose de puntillas estira el bracito y lo agarra, pero... al lado había un recipiente de aceite que viene también y, ¡paf!, se cae al suelo, esparciendo aceite y pedazos de vidrio por toda la cocina.
José, no viendo al hermano de vuelta, impaciente corre, entra a la cocina, agranda los ojos y pone la mano en la boca, en un grito...
- ¡Ay! ¡Verás cuando vuelva mamá!
Desesperados intentan remediar el estropicio, con la escoba y el recogedor: los pedazos grandes son fáciles de retirar, pero... ¡ah!, el aceite, ese ya no está; se desparramó todo entre los ladrillos rojos; y la mancha se iba ensanchando, ensanchando, tanto cuanto el miedo de los dos jovencitos.
José corre a la entrada, para ver si llega la madre.
Juan, usando la cabeza, pasa media hora en silencio, pensando... Después, saca del bolsillo la navaja, va y corta una rama flexible, se sienta sobre una piedra y se pone a trabajar, al mismo tiempo que va estudiando las palabras que dirá a su madre.
Terminada la "talla" de pequeños diseños hecha en la rama, ven a la madre llegar. Van al encuentro; Juan al frente, corriendo, y José, desconfiado, un poco atrás.
- Buenas tardes, mamá. ¿Cómo fueron las compras? - pregunta Juan.
- Bien, y vosotros, ¿lo pasasteis bien?
- Mmm... "Mamma", vea - y entrega la varita adornada con esmero para que le golpeara.
-¿Qué hiciste esta vez Juanito? –le pregunta Margarita con resignación.
- Esta vez merezco realmente una paliza, madre... Desobedeciéndola a usted, subí al mueble de la cocina y... rompí la vasija de aceite... Le hice una vara, porque merezco incluso ser castigado; aquí está ella.
Diciendo esto, pone en las manos de la madre la rama, mirándola de arriba abajo, con sus ojos negros arrepentidos y muy astutos...
Mamá Margarita lo contempla por instantes, seria por momentos, dudando cómo reaccionar, y finalmente explota en risas. Y se ríen los dos. La madre lo coge de la mano y entran a la casa.
- ¡Que sepas que te estás volviendo un verdadero experto, Juanito! No me gusta la vasija quebrada; somos pobres y el aceite cuesta caro, pero estoy satisfecha, porque no me has contado ninguna mentira. Sin embargo, debes estar más atento la próxima vez, pues quien poco posee, cela por lo que tiene.
En ese momento José, que vio alejarse la "tempestad" temida, también sonríe y da un abrazo a su madre.
La verdad y la sinceridad triunfan, la justicia y la compasión se abrazan. En cada pequeña historia cotidiana se transmiten valores (o lo contrario); en el día a día se forjan los santos.

Memorias Biográficas I, 74-75
Margarita de preocupaba de que sus hijos se acostumbrasen a obrar siempre con reflexión, porque el descuido, aun sin culpa, es fuente de daños morales y materiales. Tenía Juan ocho años, cuando un día, mientras su madre había ido a un pueblo cercano para sus asuntos, quiso alcanzar algo que estaba colocado en un sitio alto. Como no llegaba, puso una silla y, subido en ella, chocó con la aceitera. La aceitera cayó al suelo y se rompió. Lleno de confusión, trató el niño de poner remedio a la fatal desgracia fregando el aceite derramado; pero, al darse cuenta de que no lograba quitar la mancha y el olor, pensó cómo evitar a su madre aquel disgusto. Cortó una vara del seto vivo, la preparó bien, escamondó con gracia la corteza y la adornó con dibujos lo mejor que supo. Al llegar la hora en que sabía que tenía que volver su madre, corrió a su encuentro hasta el fondo del valle y apenas estuvo a su lado le dijo:
- ¿Qué tal le ha ido, madre? ¿Ha tenido buen viaje?
- ¡Sí, Juan de mi alma! ¿Y tú, estás bien?, ¿estás contento?, ¿has sido bueno?
- ¡Ay, mamá! Mire -y le presentaba la vara.
- ¡Vaya, hijo mío! ¡A que me has hecho unas de las tuyas...!
- Sí; merezco de verdad que esta vez me castigue.
- ¿Qué te ha sucedido?
- Me subí así, así...; y, desgraciadamente, he roto la aceitera. Cómo sé que me merezco un castigo, le he traído esta vara para que me mida las costillas y se ahorre la molestia de ir a buscarla.
Mientras tanto, Juan le presentaba la vara adornada y miraba la cara de su madre con aire picarón, entre tímido y gracioso. Margarita observaba a su hijo y la vara y, sonriendo ante la infantil estratagema, le dijo al fin:
- Siento mucho lo que te ha sucedido, pero deduzco, por tu modo de obrar, que no has tenido la culpa y te perdono. Y no olvides nunca mi consejo. Antes de hacer algo, piensa en las consecuencias. Si hubieras mirado a ver si había algo que se pudiera romper, habrías subido más despacito, habrías observado alrededor y no te habría sucedido nada malo. No sabes que desde pequeño se acostumbra al atolondramiento, cuanto llega a mayor sigue siendo irreflexivo y se acarrea muchos disgustos y, a lo mejor, se expone a ofender a Dios? ¡Sé, pues, juicioso!
Siempre que hacía falta solía repetir Margarita estas lecciones, y con tanta eficacia de palabra, que iba logrando que sus hijos se fueran haciendo más cautos en lo sucesivo.


PARA LA REFLEXIÓN
1. ¿Cuántas veces hemos roto algún tarro, vasija, cristal… y se nos ha quedado algún sentimiento de culpa?
2. ¿He sabido corregir/me sin alterarme?
3. ¿He aprendido a prever las consecuencias de mis actos?

Puedes consultar más ampliamente la historia del bote de aceite y la vara pinchando en los siguientes enlaces:


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